En las últimas décadas, la criminología ha experimentado un giro significativo en la forma de analizar la figura de la víctima. Tradicionalmente, la investigación se centraba en el agresor y en el delito, mientras que la víctima aparecía como un elemento pasivo de la narrativa.
Sin embargo, los cambios socioculturales, las dinámicas digitales y la expansión de los medios han dado lugar a nuevos procesos de victimización y desvictimización, fenómenos complejos que no solo afectan a la persona implicada, sino también a la forma en que la sociedad percibe, valida o incluso niega su condición de víctima.
La victimización: un concepto en evolución
La victimización puede definirse como el proceso mediante el cual una persona sufre un daño —físico, emocional, económico o social— como consecuencia de una acción delictiva o de una situación abusiva.
En la actualidad, este concepto ha evolucionado más allá del daño inmediato, abarcando:
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Victimización primaria: el daño directo causado por el delito.
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Victimización secundaria: el perjuicio añadido por la respuesta de instituciones, medios o entornos sociales que revictimizan a la persona.
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Victimización terciaria: estigmatización persistente que impide la reintegración o recuperación plena de la víctima.
En este contexto, el papel de los medios de comunicación y las redes sociales es crucial: pueden amplificar la voz de la víctima o, por el contrario, cuestionar su legitimidad.
Fenomenología de los nuevos procesos de victimización
El estudio fenomenológico busca comprender la experiencia subjetiva de la víctima, cómo vive y siente el proceso. Hoy, esta vivencia se ve transformada por factores emergentes:
a) Victimización digital
Ciberacoso, sextorsión, doxxing o difusión no consentida de imágenes íntimas son delitos donde la victimización puede ser constante y global, dado que la información se replica y persiste en el tiempo.
b) Victimización mediática
Coberturas sensacionalistas, exposición pública del caso o filtración de datos personales que multiplican el daño psicológico.
c) Victimización social por polarización
En sociedades polarizadas, la víctima puede ser etiquetada según afinidades políticas o ideológicas, perdiendo neutralidad en la percepción pública.
d) Victimización por algoritmos
El uso de inteligencia artificial en vigilancia y justicia puede generar falsos positivos, donde una persona inocente es señalada injustamente como sospechosa.
Procesos de desvictimización
La desvictimización es el proceso por el cual una persona deja de ser percibida como víctima, ya sea por su propia recuperación o por cambios en la narrativa social. Este proceso puede ser positivo o negativo:
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Desvictimización positiva: la persona recupera su agencia, autonomía y control de su vida, integrando la experiencia en su historia sin quedar definida por ella.
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Desvictimización negativa: se niega o minimiza su experiencia, cuestionando su testimonio o culpabilizándola, lo que puede provocar un segundo trauma.
Un ejemplo claro es el tratamiento de ciertos casos en redes sociales, donde la opinión pública decide si “cree” o “no cree” a la persona afectada, generando un juicio paralelo que influye en el proceso judicial y emocional.
Factores que influyen en estos procesos
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Medios de comunicación: pueden construir narrativas empáticas o estigmatizantes.
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Entorno social y familiar: su apoyo o rechazo condiciona la recuperación.
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Sistema judicial: la rapidez, imparcialidad y sensibilidad en el trato marcan la diferencia entre reparación o revictimización.
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Redes sociales: amplifican mensajes de apoyo, pero también discursos de odio.
Desafíos para la criminología y la criminalística
El reto principal es integrar la perspectiva de la víctima en la investigación y el diseño de políticas públicas. Esto implica:
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Formar a profesionales en entrevista forense con perspectiva victimológica.
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Desarrollar protocolos para minimizar la victimización secundaria.
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Promover marcos legales que reconozcan nuevas formas de victimización digital.
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Implementar campañas educativas que prevengan la culpabilización de la víctima.
Los nuevos procesos de victimización y desvictimización revelan que la condición de víctima no es estática ni universalmente aceptada: es un fenómeno dinámico, influido por la cultura, los medios, la tecnología y el entorno social.
Entender su fenomenología no solo permite mejorar la atención y reparación del daño, sino también prevenir narrativas que perpetúen el sufrimiento.
En un mundo hiperconectado, la protección de la dignidad y la verdad de la víctima debe convertirse en una prioridad ética, legal y social para todos los actores implicados.




