Una mirada victimológica con perspectiva de género: la primera entrevista con la víctima de violència de género
La violencia de género representa uno de los fenómenos victimológicos más complejos del ámbito doméstico. Cuando una mujer que sufre maltratos inicia un proceso de ayuda, la primera entrevista constituye un momento determinante: no solo para la intervención profesional, sino para el reconocimiento de su condición de víctima y la reconstrucción de su agencia personal.
La víctima como protagonista del proceso
Desde una perspectiva victimológica, es fundamental comprender que la mujer maltratada no es un perfil homogéneo. Cada víctima presenta características singulares moldeadas por un estrés elevado y permanente que condiciona sus respuestas conductuales. Los síntomas que frecuentemente exhibe, no constituyen rasgos de personalidad, sino efectos directos de la victimización.
En este escenario, la primera entrevista debe situar a la víctima como única protagonista. El ritmo, el tempo y los contenidos son determinados por ella, no por la profesional. Esta transferencia de control resulta particularmente significativa victimológicamente: la mujer ha experimentado una pérdida sustancial de autonomía en su relación violenta, por lo que recuperar la capacidad de dirigir el discurso sobre su propia experiencia constituye un primer paso hacia la desvictimización.
El abordaje profesional: contención y escucha transformadora
La intervención se estructura en dos niveles interconectados: la contención emocional y la escucha activa, por un lado; y la orientación e información, por otro. Ambas dimensiones deben articularse según el momento procesal de la víctima.
La escucha activa emerge como el instrumento transformador por excelencia en el ámbito victimológico. Más allá de la mera recepción de información, implica:
– Interrogar lo escuchado sin imponer interpretaciones preconcebidas
– A través de su demanda, codificar una taxonomía de necesidades principales
– Señalar lo minimizado en el relato, constitutivo de delito, y que la propia víctima no percibe como tal
– Subrayar elementos que aparecen «entre líneas» del relato, para que ella lo pueda resignificar
Esta metodología permite que la víctima comience a otorgar sentido a experiencias que, frecuentemente, ha aprendido a naturalizar o minimizar.
La resonancia cultural: un factor victimogénico central
Una dimensión victimológica crucial es la incidencia de la cultura androcéntrica en la configuración de la victimización. La violencia de pareja no opera en un vacío social: está enraizada en tradiciones y condiciones instituidas que la convierten en comportamiento arraigado, complejo y ambivalente.
La cultura patriarcal ha privado históricamente a las mujeres de representación sociocultural genérica adecuada. Esta carencia simbólica facilita que muchas víctimas no reconozcan inicialmente la anomalía de su situación, interpretando la violencia como gesto de amor o dedicación, por lo que han demorado su deposición en conocimiento público.
Como profesional, debe mantenerse alerta a esta resonancia cultural: tanto en los prejuicios que puede proyectar sobre la víctima, como en aquellos que comparte con ella por pertenecer al mismo medio cultural. La cultura dominante tiende a naturalizar el orden social, invisibilizando las estructuras de poder que sustentan la victimización.
La victimología de la violencia de género debe confrontar sistemáticamente creencias sociales que obstaculizan el reconocimiento de la victimización.Los mitos funcionan como mecanismos de neutralización que diluyen la gravedad del fenómeno y dificultan el acceso de las víctimas a recursos de protección.
El proceso victimológico: de la cosificación a la agencia
La victimización en contextos de violencia de pareja implica una progresiva pérdida de agencia. La mujer es sometida a dinámicas de intimidación, coerción y agresión que perpetúan la autoridad del agresor y aseguran la prestación de servicios domésticos y sexuales.
En la primera entrevista, resulta esencial evitar reproducir esta lógica de cosificación. El profesional no debe anticipar interpretaciones ni imponer urgencias que respondan más a su propia incomodidad ante el relato que a las necesidades de la víctima. El poder de la adivinación —creer comprender la situación sin necesidad de que ella narre— reproduce la misma estructura de la relación violenta, donde cada cual sabe qué esperar del otro.
La legitimación de la palabra de la víctima constituye el eje vertebrador.
La legitimación de la palabra de la víctima constituye el eje vertebrador de cualquier intervención profesional en contextos de violencia de género, en tanto que reconocer a la mujer como sujeto activo de su propia narrativa implica una ruptura epistemológica con las lógicas de cosificación que caracterizan la dinámica victimizante.
Desde la perspectiva de género, como unidad de análisis victimológica, la violencia de pareja opera mediante mecanismos de anulación progresiva de la agencia personal, donde el agresor impone una versión hegemónica de la realidad que niega la autonomía perceptiva y expresiva de la víctima; en este escenario, la entrevista profesional se convierte en un dispositivo de restitución simbólica que, mediante la escucha activa y la suspensión de juicios anticipados, permite que la mujer recupere la capacidad de nombrar su experiencia, dotarla de sentido y, consecuentemente, posicionarse como protagonista de las decisiones que afectan su trayectoria vital. Dicha legitimación no equivale a una mera toma de declaración o recogida de información instrumental, sino que supone un proceso dialógico en el que la profesional renuncia explícitamente al «poder de la adivinación» —esa pretensión de comprender la situación sin necesidad del relato de la mujer— para habilitar un espacio de enunciación donde lo no dicho, lo contradictorio y lo ambivalente puedan emerger como elementos constitutivos de un discurso en construcción, único capaz de fundamentar una intervención respetuosa con la complejidad de la victimización.
Solo cuando la mujer puede considerarse sujeto activo de una historia que le concierne, obtiene la posibilidad de intervenir en ella. Mientras permanezca en el lugar pasivo de «la víctima», se le priva de la oportunidad de actuar para transformar su situación.
Consideraciones finales
La primera entrevista emerge como dispositivo clínico y político: clínico, porque permite iniciar el procesamiento de la victimización; político, porque contribuye a visibilizar un fenómeno estructural que la cultura patriarcal tiende a naturalizar. La formación específica de las profesionales en perspectiva de género resulta, en este sentido, imprescindible para evitar que las intervenciones se guíen por creencias más que por protocolos basados en evidencia.
La transformación de la condición victimológica exige, en última instancia, cambios estructurales que vayan más allá de la atención individual. Sin embargo, cada entrevista bien conducida representa un acto de reconocimiento que desafía la impunidad del maltrato y restituye a la mujer su condición de sujeto de derechos.
Autor: Esther Jovani Roda

