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El reloj de la muerte: Por qué determinar la hora de un homicidio es el primer paso hacia la justicia


En las series de televisión sobre crímenes, es un clásico: el médico forense se inclina sobre el cuerpo, observa un par de detalles y dice con total seguridad: «Murió exactamente a las diez y cuarto de la noche». En la vida real, las cosas no son tan sencillas ni tan rápidas, pero el trasfondo de la escena sigue siendo real. Averiguar cuándo falleció una persona lo que en la ciencia forense se conoce como el Intervalo Post-Mortem (IPM)- es una de las piezas más valiosas y urgentes en la investigación de un homicidio.

Elementos más valiosos de la investigación

Determinar la data de la muerte no es un mero capricho estadístico ni un trámite burocrático; es la brújula que guía a los investigadores en las primeras horas del caos. ¿Por qué es tan importante este dato cuando se ha cometido un crimen?

  1. El filtro de los sospechosos: Crear y romper coartadas

La razón más inmediata es la gestión de los sospechosos. Imagina que una persona es hallada sin vida en su casa. La policía interroga a un sospechoso que asegura haber estado en un concierto al otro lado de la ciudad el viernes por la noche.

  • Si el forense determina que la víctima murió el viernes por la noche, la coartada del sospechoso es sólida y la policía puede concentrar sus esfuerzos en otra línea de investigación.
  • Si, por el contrario, el análisis indica que la muerte ocurrió el jueves por la tarde, esa coartada del viernes ya no sirve de nada, y el sospechoso vuelve al centro de la diana si no puede demostrar dónde estaba veinticuatro horas antes.

Establecer la ventana de tiempo del crimen permite a los investigadores descartar rápidamente a inocentes y enfocar sus recursos, que siempre son limitados, en quienes realmente no pueden justificar su paradero en ese momento exacto.

  1. La reconstrucción de las últimas horas de la víctima

Saber cuándo murió una persona ayuda a reconstruir sus últimos pasos. Si los peritos fijan la hora de la muerte alrededor de las dos de la tarde de un martes, los investigadores empezarán a buscar testigos que la hayan visto a esa hora o poco antes. Revisarán las cámaras de seguridad de la zona en ese rango de tiempo, analizarán los mensajes de texto enviados o recibidos en esos minutos y buscarán registros bancarios de compras recientes.

La hora del deceso es el punto de partida hacia atrás. Permite dibujar una línea de tiempo que une el momento en que la víctima hacía su vida normal con el instante en que se cruzó con su agresor.

  1. La búsqueda de testigos clave

El tiempo vuela y la memoria humana es frágil. Si la policía pregunta a los vecinos de un barrio si vieron algo extraño «hace unos días», lo más probable es que nadie recuerde nada en detalle. Pero si la pregunta es: «¿Vio o escuchó algo inusual el martes entre las dos y las cuatro de la tarde?», la memoria de la gente se activa de otra manera. Un coche mal aparcado, un grito, o alguien corriendo cobran un significado totalmente distinto cuando se enmarcan en la hora exacta del crimen.

Un desafío contra el reloj y la naturaleza

Aproximar la hora de la muerte es una ciencia compleja. Desde el momento en que el corazón se detiene, el cuerpo humano inicia un viaje de regreso a la naturaleza. Los forenses analizan cómo baja la temperatura corporal, la rigidez de los músculos y la aparición de ciertas manchas en la piel.

Sin embargo, factores como el clima, la ropa que llevaba la víctima o el lugar donde se encontró el cuerpo (al aire libre o en una habitación con calefacción) pueden alterar estas señales. Por eso los expertos hablan de «aproximar» y ofrecen rangos de tiempo en lugar de horas exactas.

Conclusión

En la resolución de un homicidio, el tiempo lo es todo. Aproximar la data de la muerte es el primer gran golpe que la ciencia le da a la impunidad. No solo devuelve la voz a la víctima para decirnos cuándo se apagó su vida, sino que se convierte en la herramienta más poderosa para que la policía atrape al culpable y la justicia pueda hacer su trabajo.

Autora: Mercedes Álvarez Seguí